El Museo de la Diáspora, localizado en Tel Aviv, temprano o tarde,

deberá ser reorganizado y, en lugar de mostrar un trayecto que lleva a todas

las  diásporas  a  desembocar  en  Israel,  deberá  mostrar  un  camino  más

diversificado  y  abierto,  por  el  cual  la  diáspora  (constituida  hasta  por

muchos israelíes que deciden dejar el país) continúa siendo una constante

en  la  historia  judaica.  Al  final,  no  es  difícil  demostrar  que  un  pueblo

pequeño sólo puede sobrevivir a lo largo del tiempo disociando su destino

de un espacio físico único.

 

Aunque  identificada  con  el  destino  de  Israel,  buena parte  de  los

judíos del mundo permaneció en la diáspora, en un contexto de ascensión

social y participación en la cultura global. El sionismo todavía lucha para

reconocer  este  hecho.  La  imagen  de  la  diáspora  continúa  siendo

representada como negatividad, como el camino que lleva al abandono del

judaísmo por la “asimilación”.

 

El  Estado  de  Israel  modificó  drásticamente  la  textura  del  pueblo

judío, pero no lo “normalizó”. Felizmente. Ni por esto es menos relevante.

Dejó  marcas  profundas  en  la  vida  judaica  contemporánea.  Además  de

cambiar  radicalmente  la  autoimagen  de  los  judíos,  creó  una  rica  cultura

artística  y  los  centros  académicos  en  Israel  generaron  una  fructífera

producción intelectual. El renacimiento del hebreo  también representa una

contribución importante. Aunque haya habido, durante décadas, una política

sionista de suplantar el Idish por el hebreo, el Idish se esfumó en el Nuevo

Mundo  por  causas  naturales,  y,  en  Europa  Oriental,  fue  destruido  por  el

Holocausto y por el stalinismo. El hebreo, sin llegar a tener en la diáspora

un uso comparado al del idish o al ladino, se transformó en una fuente de

identidad para los judíos de todo el mundo.

 

Pero, ciertamente las relaciones entre diáspora y el Estado de Israel

se juegan en un nivel más profundo. Los idealizadores del Estado de Israel

procuraron  romper  con  los  valores  negativos  que  ellos  asociaban  a  la

diáspora: resignación, miedo, debilidad, sumisión.  En el camino, olvidaron

la  principal  lección  de  la  historia  judía,  que  las  instituciones  que  se

sustentan solamente en el poder militar son fugaces, que la fuerza de una

cultura son sus valores. Si fuera solamente la contracara de la diáspora, la

cultura  israelí  está  predestinada  a  reproducir  su  lado  traumático,  sin  los

valores y el  savoir-faire  que aseguraron la sobrevivencia por dos mil años.

Ella no será capaz de hacer la paz con los palestinos y colocará en peligro

su existencia, amenazando las comunidades diaspóricas.

 

El  futuro  del  judaísmo  pasa  por  la  síntesis  entre  valores  israelíes  y

valores diaspóricos, entre el coraje de usar la fuerza cuando necesario y la

sabiduría  de  que  la  fuerza  nunca  es  la  solución  para  los  conflictos.  El

Estado de Israel ciertamente permanecerá como una referencia central del

judaísmo.  Pero  no  es  la  única,  ni  puede  serla.  La  construcción  de

identidades  judías  en  la  diáspora  exige  un  esfuerzo de  afirmación  de  las

formas locales de vivir el judaísmo. La tendencia de los gobiernos israelíes

de  instrumentalizar  la  diáspora  y  de  los  líderes  comunitarios  de

autovalorizarse  fundamentalmente  por  sus  relaciones  con el  Estado  de  Israel

perjudica al judaísmo y en nada ayudan a su renovación.

 

PREGUNTAS GUIA:

¿Qué generó Israel en los judíos del mundo? ¿Qué genera hoy en día?

¿Cuál es la relación de los judíos del mundo con Israel? ¿Cuál tendría que ser?

¿Israel necesita de la diáspora realmente?