Para una generación que todavía tenía viva la memoria de los progroms

de  la  Europa  Oriental  y  del  Holocausto,  la  creación del  Estado

significó una experiencia y una emoción irreproducible. Cuando pregunté a

mi padre – hijo de rabino y que perdió toda su familia en el Holocausto – si

todavía creía en la llegada del Mesías, me respondió que para él ya había

llegado, en la forma del Estado de Israel.

 

El  Estado  de  Israel  devolvió  la  dignidad  a  una  generación  abatida,

pero  también  a  un  pueblo  que  vivió  dos  mil  años  de  vida  insegura  en  la

diáspora, sin posibilidades de autodefensa frente a la violencia exterior. El

grito del levantamiento del gueto de Varsovia, “no iremos como corderos al

matadero”, se personificó en la figura del soldado israelí.

 

El  enfrentamiento  de  los  ejércitos  árabes  en  la  lucha  por  la

independencia  en  1948-1949 resucitó  la  imagen  de  David  enfrentando  a

Goliat y la de los Macabeos. La valoración del trabajo de la tierra recuperó

el auto-respeto de un pueblo al cual la diáspora había retirado del contacto

con la naturaleza. El Kibutz – uno de los pocos experimentos exitosos de

comunismo con libertad –; un país democrático e igualitario que tenía un

movimiento laborista que controlaba una parte importante de la economía;

una agricultura sustentada en formas cooperativas ocolectivas de trabajo;

una  vibrante  vida  científica;  todo  eso  era  fuente  profunda  de  orgullo.  La

nueva  cultura  judía  secular  promovida  en  particular por  los  kibutzim,

revalorizó en las fiestas judías su relación con las fases del trabajo agrícola

y los símbolos religiosos dieron lugar a símbolos nacionales y seculares.

 

PREGUNTAS GUÍA:

¿Concuerdan con lo que dice el texto?

¿Es el Estado de Israel el mesías del pueblo judío?

¿Qué proceso describe el autor en estos párrafos?